Unas de cal, otras de arena

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Le leí a alguien que esto no es el fin del mundo, es apenas un simulacro. En los mensaje parece que entendimos lo que hay que hacer: quédate en casa, de esta salimos juntos, cuídate, cuidémonos… No sé si al actuar lo hacemos igual de bien. 

No lo digo por quienes están en la calle en el rebusque (porque en este país tropical la decisión para muchos está entre contagiarse de covid-19 o morir de hambre en cuarentena), sino de esos momentos donde queda claro que la ruindad, para no utilizar palabrotas, es también una cualidad humana. 

Hay muestras de ello por todos lados. En el Valle del Cauca, los vecinos le piden a un médico que se vaya del apartamento donde vive porque les parece un riesgo que en el mismo bloque donde ellos están habite alguien que se la juega salvando a otros. 

Hay más bandidos de lo que puede imaginar: gente que especulaba e intentaba estafarnos”, responde a un periodista el presidente de Lombardía Attilio Fontana, a la pregunta de cómo ha sido ir por el mundo comprando material médico para atender esta contingencia allá, en esa región italiana donde el coronavirus parece haberse ensañado con la población.

En Ecuador, a unos fulanos del gobierno les pareció bien triplicar el precio que pagaban por mascarillas N95: valían tres dólares, las compraron a 12. Hay miserables —desde siempre, en todo el mundo— que se enriquecen en las desgracias. Aquí, en Antioquia, les dicen avispados y se les admira, incluso. A unos de esos avispados se les ocurrió vender falsas pruebas rápidas para la detección del virus. Ruines por todos lados.

En Nevada, Estados Unidos, no encontraron nada mejor para la gente sin hogar que dibujarles en el suelo de un parqueadero los espacios para acostarse manteniendo el distanciamiento social. Ese también es el sueño americano.

Y sin embargo hay esperanzas. Hay personajes como el chico sin nombre de La Carretera, la novela de Cormac McCarthy, que incluso en medio del apocalipsis sabe que lo que nos queda de humanos es la solidaridad, que no es lo mismo que la limosna. 

En Frontino (Antioquia), crean un trueque de confianza. En Icononzo (Tolima), desmovilizados de las Farc hacen mascarillas para proteger a la gente del virus. Un taxista, en Bogotá, pega en el vidrio trasero de su carro un mensaje: “¿Eres trabajador de la salud? Yo te llevo gratis”. Están los que comparten canciones desde los balcones, los que donan mercados o días de sueldo, los que van hasta donde el estado nunca estuvo. 

Supongo que son esas personas, las solidarias, las que nos sacarán de esto, las que sí entendieron por qué es que se aplaude desde las ventanas en las noches y se empeñan en seguirlo haciendo, las que se inventan formas de ayudar a los otros (incluso a los ruines), las que siguen trabajando para que este fin del mundo siga siendo solo un simulacro, son esas personas las que nos están salvando.


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