Nacer

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El primer recuerdo que tengo de que fuéramos un montón fue cuando tropecé con “El niño cinco mil millones”, de Mario Benedetti. Lo leí en algún momento de la década del 90, el uruguayo escribió aquello en 1987. Para el 12 de octubre de 1999 el Fondo de Población de las Naciones Unidas calculó el nacimiento del humano seis mil millones y señaló a un niño bosnio de serlo. 

El 1 de noviembre de 2011 se calculó que había nacido, en Manila, el habitante siete mil millones. Fue una niña. 

Recuerdo que, en la avenida Bolivariana, instalaron un contador de gente. Cada segundo sumaba un humano más. Era inevitable, al verlo, pensar en que el codo de alguien se me enterraba entre las costillas. 

El pasado 15 de noviembre fue el día en que este mundo, desde hace tiempo al borde del colapso, pero a la vez tan maravilloso, alcanzó la cifra de ocho mil millones de personas. El elegido —o señalado— por la política y el azar fue un niño dominicano. Lo llamaron Damián. Dejo a otros el juego profético.

Mi amiga Diana sostiene que el verdadero pecado original no fue la tontería de haber mordido la manzana, el problema serio vino cuando alguien concluyó que estaba bien acumular frutos del árbol, más de los que necesitaba para sí mismo, y luego, claro, venderlos. Hoy, una quinta parte del ingreso mundial va a parar a los bolsillos del 1% más poderoso. ¡Bienvenido, Damián, a este mundo desigual que te tocó en suerte!


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