Fuera de contexto

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A veces, sin nada por hacer más que mirar a los demás, aparecen el mundo, los rostros, las voces… Conversaciones a medias, fuera de contexto. “Dejá de ser metido”, me dice Cata cuando me descubre, pero no negarán que hay algo de sano entretenimiento en intentar descifrarlas.

—¿Pero sí le echó el agua bendita? —le pregunta la secretaria del consultorio médico a alguien en el celular. Y cómo no pensar en un exorcismo exprés en una sala de alguna casa de algún barrio de Medellín, en un intento para que una poderosa fuerza resuelva lo que, piensan los interlocutores, no tiene solución en manos de ellos mismos.

—¡Yo no voy ser fiadora suya! ¡Óiganlo! —le abre los ojos, mientras sube la voz, una mujer a un fulano. Y en la cara se le ve (a él, claro) que se le escapa lo que creía seguro. Y veo, entonces, un historial de pagos atrasados, de reportes negativos, de créditos negados, de ganas de tener y no poder, el rostro del infortunio y las ideas fallidas, como Wile E. Coyote. ¡Qué vaina!

—¡No, y cómo es de atarván! —le advierte un tipo a otro mientras miran a lado y lado de la calle para que ningún conductor de esos que aceleran en cualquier cuadra se los lleve puestos mientras cruzan, que atarvanes hay en todos lados. Me parece, sin más pruebas, que están hablando de fútbol, de un duelo aplazado para el que se necesitan aún más piernas y se barajan opciones para ver a qué vecino convocar.

Porque el mundo es, también, un lugar simple, una suma de pequeños dramas, los suyos, los míos, los de ellos, los de todos, que quizá se acabe mañana, pero puede que no y es mejor tener lista la nómina para el partido del domingo.


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