Discutir, otra vez

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Lo había dicho antes. Lo vuelvo a decir ahora: a este país le hace falta discutir. Discutirse. Nos falta ponerles argumentos a nuestras posiciones, más allá de los insultos y las descalificaciones. Y nos falta aprender a hacerlo como adultos.

No soy amigo de los temas vedados, del “no hablemos aquí de eso”, de las conversaciones sobre el clima mientras el barco hace agua. Sostengo, además, que en esas discusiones se vale la vehemencia, que no es la mismo que la gritería. Crecí en un hogar donde la discusión y el debate siempre estuvieron presentes, donde se animaba a las personas a sentar posición y a defenderla. Aún es así. Nadie abandonó por ello la casa ni dejó de hablarse con otros. 

Cuando discuto, además, no lo hago con el ánimo de convencer a nadie, lo hago para exponer —pero también para conocer— otro punto de vista e intentar entenderlo. Aunque no siempre ocurre, por supuesto.

A este país le hace falta eso: la discusión sensata, el debate, que no tiene por qué acercarnos o llevarnos a puntos en común, pero sí nos puede enseñar a respetarnos desde la diferencia, a entender que esa burbuja de las redes sociales que reafirma nuestras creencias es una realidad fantasiosa. Nos hace falta aprender a escuchar a los otros sin tener que encasillarlos o descalificarlos. Quizás entonces podamos defender tranquilos nuestras posturas sin temor a ser etiquetados, para dejar de convivir con el miedo a ser eliminados por lo que opinamos, que parece ser la regla tácita que ha regido en Colombia desde hace años. 

Deberían ser estos los tiempos de la razón, no de los dogmas; de los hechos más allá de las pasiones, para evitar que “pásame la pistola” siga siendo el punto final de los desencuentros de las ideas. 

Mario Alberto Duque Cardozo


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