Cuidar

cuidar

Aquí sigo, a la espera del esperanzador biológico, como le llaman los que le tienen tirria, vaya uno a saber por qué, a la palabra vacuna. Esperamos yo y otro montón de gente. Somos millones, entre pacientes e impacientes.

Hay quienes no se aguantaron y, pudiendo hacerlo, llevaron su humanidad a otra parte (así fueron las reglas y privilegios que construimos y hay que ver cómo se asustan muchos cuando se habla de replantear el asunto) para regresar inmunizados. Veo a los unos y a los otros tan contentos, tan tranquilos, tan relajados.

—¿A vos cuál te pusieron? —se preguntan. Cada quién está seguro de que la suya es la mejor.

Hay también, claro, testarudos que se han negado al chuzón. Porfiados que le han dado la espalda a la ciencia… desde el inicio de la ciencia, bien podría decirse. Todo Galileo tiene su Tommaso Caccini.

En todo caso, ahí están los vacunados, andando entre nosotros, los que aún no. Pero voy y me topo con un dato en una columna de la epidemióloga Zulma Cucunubá. Las vacunas han demostrado su alta eficacia para evitar la enfermedad grave y la muerte por covid —¡qué maravilla!—, pero “el efecto protector frente a la infección, que es el que tiene implicaciones en la inmunidad colectiva, es menor (entre 50 y 80 %)”. Es decir, el vacunado puede contagiarse y contagiar a otros.

Un poco de solidaridad y de paciencia, amigo inmunizado, todavía no es tiempo de andar por ahí sin tapabocas.


Compartir