Contestar

contestar

Suena el teléfono. O vibra. En la pantalla del celular aparece un número desconocido, sospecho que es de un banco o de alguna otra entidad financiera que está ofreciéndome algo excepcional. Una oportunidad única en esta vida. 

A veces, también, es para intimidarme. No porque me amenacen, sino porque me cuentan lo trágica que puede ser la vida y lo mucho que debería asegurarlo todo: el celular, el computador, la casa, el carro, la mascota, la tarjeta de crédito… el futuro. 

Lo sé cuando suena el teléfono y el número es desconocido. O sea, casi siempre. Ya solo llaman ellos, los de los call centers con su voz de felicidad impostada y su bonhomía de guion comercial. Y sin embargo, contesto. Y eso que mi amiga Catalina dice que hablar conmigo por teléfono es un suplicio, pero contesto. Tal vez lo haga porque, como los perros de Pávlov, me acostumbre a hacerlo. Soy de una generación que respondía al escandaloso repiqueteo del aparato que te acercaba gente.

Ya nadie se llama. Nos escribimos. Dice el informe Sociedad Digital en España que, allí, entre los jóvenes de 14 y 24 años, la mensajería instantánea duplica a las llamadas. Recuerdo esa angustia de marcar el teléfono de la casa de la persona que te gustaba y esperar que, por favor, por favor, contestara ella. Y no es que la gente no quiera que la escuchen: triunfan los mensajes de voz. Mi conclusión es simple: la gente no contesta porque no le gusta escuchar a los otros. 


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