¡Ay, Medellín!

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Hay quienes señalan con cierta certeza que los que escribimos columnas de opinión solemos volver sobre los mismos asuntos una y otra vez. Hay quienes se quejan por eso. Pero qué le vamos a hacer si este mundo, en general, es una noria y esta ciudad, en particular, parece condenada a ser la serpiente que se vive mordiendo la cola.

Porque un día está el personaje disfrazado de paisa rasgando banderas —acuchillándolas, mejor, porque fue violento todo aquello—. A la mañana siguiente están los otros a los que solo les faltó bañar en agua bendita el papel brillante y los alambres que le daban forma a un personaje de carnaval en los malogrados alumbrados navideños. Y un par de semanas después andan condenando la obra de Zapata Olivella tildándola de santería. Y si se pone uno a seguir las huellas se da cuenta que son todos los mismos. 

“No quiero parecer mojigato…”, dice quien cree denunciar algo, pero solo deja en evidencia eso precisamente, su mojigatería; pero también su intolerancia y su desconocimiento. Voy y releo el fragmento que tanto lo indignó (a él y a otro montón de gente en esa burbuja llamada Twitter) y no encuentro más que una realidad: que los hijos de esta tierra llamada América somos una mezcla de negro, blanco, indio, tierra, árbol, leña, fuego… Sigo entonces sin entender qué fue aquello que tanto alteró a aquel que se presenta como presidente de la Corporación Medellín cuenta conmigo.

Pero me parece que lo intuyo: ese personaje es una de las tantas caras de Medellín, la que creció mirándose el ombligo, pensándose mejor de lo que es y atada a un par de libros que repetían lo mismo. Esta Medellín crédula, clasista e intolerante. Lo que decía antes: el uróboro atrapado en ese ciclo infinito del que no hemos logrado escapar. 


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