Acelerar

acelerar

Hay quienes son incapaces de acabar una reunión. Se despiden una y otra vez para, tras un instante, retomar el tema o plantear uno nuevo. No sé yo qué es lo que se los impide, por qué les cuesta tanto notar que convirtieron la reunión en una noria.

Hay cosas que deberían acabarse de golpe. Un manotazo en la mesa, un clic en finalizar y ya. Hablo de reuniones, sí, pero estoy pensando en el planeta, en el fin del mundo. O en el fin de la humanidad, mejor, que se está acabando desde que empezó, por supuesto, pero que visto lo visto, se nota que pisamos el acelerador en la ruta que nos lleva hacia el despeñadero. Y no se me ocurre otra cosa que pensar en el hombre y el niño de La carretera, la novela de McCarthy.

Y sin embargo es un final a cuentagotas, un “mirá cómo arde el mundo” sin que lo que hacemos sirva para bajarle la temperatura a esta olla en donde nos vamos cocinando a fuego lento, sin exigirles a los grandes responsables decisiones de fondo.

Es un fuego que nos quemará a todos, claro, pero son unos pocos (el 1 % de la población —los más ricos— contamina el doble que el 50 % más pobre) quienes nos metieron en este brete. Podemos cambiar el cepillo de dientes por uno de bambú, por supuesto, pero nuestras acciones individuales siguen siendo como achicar el Titanic con una copa aguardientera.

Hay que salvarnos sí, pero ante un panorama irreversible, me parece mejor opción la del meteorito.


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