El machismo fomenta la esclavitud

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Hay quienes conciben el tiempo como una sustancia extraña, útil para lavar ideas y costumbres.

En botellas de whisky aparece el dato de fundación de la destilería y no es extraño ver debajo del letrero de tiendas, farmacias o panaderías la leyenda: “famosa desde 1988”. Así, los dueños intentan transmitir la idea de que su producto o negocio es tradicional.

Esto se debe a la creencia, muchas veces errónea, de que las tradiciones, por ser prácticas repetidas desde antiguo, son buenas.

El fin de semana anterior nos sorprendimos con la nota radial del locutor Fabio Zuleta, de Valledupar. De manera ramplona conversó con un supuesto palabrero wayúu sobre la posibilidad de comprar mujeres de la baja Guajira. Tradición que el invitado confirmó y, le aseguró, sigue vigente. Este se ofreció a conseguirle tres muchachas: una para el anfitrión —la quería de veinte años, virgen, depilada y que no se moviera en la cama— y las otras para dos amigos suyos. Por las tres, acordaron como negociantes en la feria de ganado, habría rebaja.

Sin embargo, estas costumbres aberrantes no son exclusivas de la península. Resulta oprobiosa la ablación, practicada por comunidades indígenas de Antioquia, Risaralda, Valle del Cauca, Nariño y Caquetá, consistente en extirpar el clítoris a las niñas para que no disfruten la sexualidad.

Y no es menos abyecto el machismo paisa, observable en frases escritas en pequeñas vasenillas de tomar aguardiente o camisetas: “Un paisa hace la mamografía gratis” o “Pegarle a una mujer no es cobardía, es domarla”.

Solo la educación consigue depurar las culturas, al extirpar tradiciones nefastas.

Por John Saldarriaga
saldaletra@gmail.com


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