Cosas de ciudad

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Edificios de mil ventanas para asomarse al mundo; puentes siempre dispuestos para que cualquiera haga el milagro de andar sobre las aguas sin mojarse; autos y, claro, humo; fábricas fuman pipas de diesel; un tren atraviesa la urbe de norte a sur, de sur a norte, como un gusano sin fuerzas para traspasar la fruta en otras direcciones; calles forman un laberinto en cuyo centro habita un Minotauro: el afán… En fin, cosas de ciudad.

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Existen otras que complementan la arquitectura y ayudan a vivir, aunque a veces no las veamos. Los postes de electricidad, con cuerdas para el descanso de golondrinas; las lámparas en que gallinazos se posan para calentarse; los semáforos, dictadores coloridos; los teléfonos públicos, cuya existencia actual a veces nos sorprenda.

¿Habrá quien no reconozca el aporte de las carteleras en que fijan anuncios? Los relojes nos apuran a llegar al trabajo, el estudio o la vagancia. ¿Qué decir de los hidrantes? Parecen seres de la Edad de Hierro parados en las esquinas. Es fácil apreciar la utilidad de los basureros: contienen la basura y proveen de alimento a los desafortunados.

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Vallas indican nombres de barrios, muestran gráficos con flechas para señalar el rumbo de los autos o pinturas de animales para indicar que puede haber ardillas.

¡Ah, qué absurdos esos trozos de rieles clavados en las aceras como dientes! No los recorren trenes: disuaden de parquear autos en los andenes.

La ciudad está colmada de artefactos. Sirven para lo que fueron hechos y para otros menesteres. Van ganando un protagonismo como de seres animados y, por eso, se extrañan cuando ya no están.

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Por John Saldarriaga
saldaletra@gmail.com


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