crisis40

Andrés es un hombre de 40 años proveniente de la clase media de Medellín. Durante su infancia y su niñez vivió en Belén Rosales, a unas cuadras de la Unidad Deportiva y allí fue en donde jugó y corrió en la calle. Luego fue Laureles cerca de la Iglesia de Santa Teresita en donde vivió su adolescencia, tuvo sus primeras novias, hizo su vida universitaria y caminó sus primeros años de su actividad laboral. Una vez pensó en casarse, Andrés invirtió sus ahorros en un proyecto de construcción en El Poblado, cerca de uno de los grandes centros comerciales de ese sector.

“Hace un balance de vida y encuentra que ha logrado muchas cosas, pero que hay otras que ha dejado atrás. “

Hoy Andrés tiene una pareja estable y dos hijos. Ha construido una vida laboral y profesional sólida, y gracias a su trabajo tiene un presente cómodo y un futuro asegurado para él y su familia. Tiene todo lo que han enseñado que ha de tener un hombre adulto, tanto en lo emocional, como en lo familiar, lo académico, lo económico y lo profesional. Sin embargo con alguna frecuencia le asaltan algunas preguntas sobre lo que hace, sobre lo que desea, sobre sus sueños y sobre su futuro. Hace un balance de vida y encuentra que ha logrado muchas cosas, pero que hay otras que ha dejado atrás. ¿Cómo lograr conciliar estas dos posiciones sin sentir que traiciona sus preguntas personales y en donde tampoco ponga en riesgo lo que ha construido en el presente?

La pregunta que aquí se plantea y que puede ser el cuestionamiento de muchos hombres y mujeres adultos que vivimos este inicio del siglo XXI, no es algo simple de resolver. Los cuestionamientos sobre la existencia pueden aparecer en la mañana y desaparecer en la noche, o pueden mantenerse por semanas y meses enteros sin saber cómo responderlas. Más allá de optar por quedarse fijos en lo que se tiene en el presente o de moverse hacia nuevos rumbos, es importante darse la oportunidad de cuestionarse y de enfrentarse a estas preguntas y de alguna manera, resolverlas.

La psicología ha identificado esta situación, por la cual atravesamos hombres y mujeres por igual, nombrándola como una de las “crisis de la madurez”. Hacia los 40 años hay cambios drásticos en las cargas hormonales, las cuales tienen efectos importantes no sólo en el cuerpo, sino también en los procesos cognitivos y mentales. A un cuerpo que se transforma y que comienza a evidenciar el paso de los años, aparecen cambios significativos en lo social, en los hábitos de vida y en las maneras de pensar y de enfrentarse al mundo. La vida laboral, el contexto social en el cual se desarrolla la cotidianidad, la vida de familia y las decisiones que se han tomado en torno a la propia realidad, marcan un momento diferencial, el cual no sólo se percibe como diferente, sino que se experimenta como novedoso.

Aunque a veces podemos “hacérsele el quite” a los discursos sociales que nos construyen desde que somos niños, en la gran mayoría de los casos los hombres y mujeres de nuestro contexto cultural, hacemos cosas muy semejantes hacia los 40 años. Ya hemos establecido pareja o la estamos consolidando, ya tenemos definida una ruta académica y laboral; hemos hecho a la medida de nuestras posibilidades las inversiones económicas que nos permitirán pensar en un futuro con cierta comodidad, hemos tomado decisiones casi definitivas sobre si tener o no hijos, y hemos llegado a un cierto nivel de construcción de hábitos personales y sociales, que se repiten semana a semana y que nos dan cierto nivel de tranquilidad y de comodidad. Miramos hacia atrás y hacemos balance, y vemos con satisfacción lo que hemos logrado e incluso, lo que falta por conseguir. Sin embargo, pueden aparecer preguntas en torno a si ello que se ha caminado ha sido consecuente con lo que en la adolescencia y en la juventud soñábamos, y si aquello que nombramos como nuestro estilo de vida presente, es el modo de vivir que nos hace feliz.

Lo más simple (aunque también eso tiene su complejidad), es pasar de largo por esas preguntas y hacer de cuenta que no existieron jamás. Para ello basta con seguir trabajando, seguir viviendo la realidad familiar y social como se han vivido hasta el momento, y no dejarse afectar por estas preguntas. Sin embargo, algunos de estos cuestionamientos pueden ser tan profundos que tarde o temprano retornarán y por ello, vale la pena enfrentarlos así sea sólo con la intención de conocerlos. No necesariamente estas preguntas existenciales hemos de resolverlas; saberlas y entenderlas, pueden ser maneras alternativas y muy provechosas, de caminar hacia su resolución.

Comenzamos a transitar los 40 años con el convencimiento de que sabemos cómo vivirlos y seguros que tenemos el mundo en nuestras manos. Gracias a ello alcanzamos cierta sensación de certeza en torno a lo que viene y el confort se instala irremediablemente. Sin embargo, la realidad se nos impone y vemos a través de nuestros propios ojos las vidas familiares que construimos, los hijos que tenemos, los trabajos que asumimos y las tareas que nos cargamos, y nos damos cuenta que en muchos casos, hay bastantes discrepancias entre lo que pensábamos, soñábamos y deseábamos, y lo que efectivamente tenemos. Aparecen entonces algunos de los cuestionamientos propios de la adultez y los cuales se convierten en retos complejos de resolver: ¿es esta la vida que planeaba vivir, el trabajo que soñaba para mi existencia, la familia que imaginaba y el modo de vivir que deseaba?

Más allá de pensar que dichos cuestionamientos son asuntos “de la edad”, que son situaciones provocadas por la “crisis de la madurez”, o que son elementos generados por nuestro estado constante de “sentir que algo siempre nos falta”, la adultez nos pone en un momento vital de muchos cuestionamientos en medio de las certezas que hemos construido. Diferente a lo que ocurre con las situaciones relacionadas con los niños y con los adolescentes, de quienes se habla todo el tiempo mediante cartillas, con escuelas de padres y a través de programas audiovisuales, de nosotros como adultos, poco se habla. Pareciera que el sólo hecho de ser adulto, es condición para saber qué hacer con ese momento evolutivo y con esa condición existencial, y ello en muchos momentos, es bastante alejado de la realidad.

Llega entonces el momento en el cual nos damos cuenta que somos adultos; momento atemorizante pero también maravilloso, en el cual tenemos la posibilidad de hacernos preguntas, de revisar nuestras realidades y de seguir pensando qué hacer con nuestra propia existencia. Y tú, ¿ya identificaste tus preguntas existenciales como adulto?

 

Juan Diego Tobón L.


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